Crónicas de una escena anunciada

Paula Cecchi se ha impuesto con evidente oficio y delicada sensibilidad la disimulada misión poética de involucrarnos anímicamente en una suerte de suite emocional - doméstica, ambiguamente naturalista y sutilmente teatral, en la serie de piezas que titula Variaciones sobre una chica que vive sola, módicas viñetas de la vida privada de un único personaje, que se nos exhibe tímidamente en varias instancias hogareñas. Invariablemente, las actitudes y acciones parecen escuetamente puritanas, mesuradas, limitadas a lo mínimo indispensable como para que la protagonista pueda ejecutar la pequeña cuota de veracidad que sugiere la inmediatez explícita de la escena anunciada, sin apartarse nunca de esa acompasada economía de gestos y cualidades. A la vez, munida de una gran eficacia técnica y estratégica, Cecchi logra, sin alardes, inmiscuirse, e inmiscuirnos, en la invención del relato, en la plasmación del registro, y al mismo tiempo en el artificio de la pose – la artista confiesa haberse apropiado de poses tomadas de pinturas de Vermeer, Vuillard y Degás – como si quisiera examinar, sin abandonar ni por un momento su necesidad de lirismo y de involucramiento subjetivo, el persistente trípode conceptual de verdad-ficción-simulacro.
En ese sentido, el personaje actúa en la doble acepción de la palabra, en lo que implica de motricidad y de la adopción de un rol. Su semblante, siempre taciturno, la enmascara como ausente, pensando en otra cosa.
Todo induce a la cercanía, a palpar qué misterio hay allí, detrás de esa sencillez cotidiana, y a la vez algo nos sugiere la presencia insalvable de un necesario apartamiento, como si, además de ser espectadores de cuadros, lo fuéramos de dioramas costumbristas.
A ese efecto contribuye la arquitectura de la resolución espacial, que hace que la figura se perciba circunscripta en una ambientación de escasa profundidad de campo, como apretada entre el muro y un hipotético proscenio, donde la muy sintética concepción escenográfica se utiliza como filtro crítico, un requisito previo para detectar sin excesivas fascinaciones qué clase de emotividad, de carácter espiritual estamos presenciando. Y aunque hay excepciones, donde las dimensiones se expanden con mayor amplitud y perspectiva, también se conserva en ellas ese aire de laboratorio dramático, como si quienes habitan esos ámbitos fueran sujetos de una individuaciòn indirecta, esquiva, objetivista.
Un cierto anacronismo que surge entre las transiciones temporales de los objetos, el vestuario y la datada decoratividad de los ornamentos caseros, el contraste y la relación metafórica que ellas establecen con la refinada decoloraciòn de una paleta imprescindiblemente velada, más el aporte áspero del esgrafiado, con sus cicatrices de quemazón lumínica, y de las galas fúnebres del carbón, son las poderosas herramientas con las que Cecchi instrumenta su amorosa perspicacia para orquestar estas raras disonancias, afiebradas de enigma y húmedas de escamoteada ternura.
Consecuentemente, aparece como notorio y quizás necesario el cambio de registro que Cecchi adopta para la otra secuencia que integra la muestra, titulada Buscando el pájaro azul, realizada bajo el cobijo de Vuillard, y a partir de la obra de teatro homónima de Maurice Maeterlinck. Aquí el pequeño formato parece confinar la mayor intensidad lumínica y cromática y el voluptuoso temperamento pictórico a una noción de apunte, de maleabilidad sensorial para la plasmación de movimientos, situaciones, ambientes y volúmenes. Se ha hecho la luz, se han derramado el verano y la fiesta de la solar felicidad de entre casa sobre aquél umbrío universo de laboriosidad detallista y confinada interioridad, y ahora el mundo de esta otra joven mujer, o la misma transfigurada, no necesita ser obsesivo ni ensimismado, y se nos propone palpitante y revitalizado en una erótica de la impresión pasajera, de la pincelada ligera que apenas roza el motivo con la carga matérica justa y una definición borrosa, despreocupada. Más que narrarse, la pequeña historia se conjetura. Parece un juego de escondidas, y el esquivo pájaro azul una metáfora de la misma pintura, que indistintamente se oculta y se muestra al alcance de la mano y de repente se escapa como un relámpago.


Eduardo Stupia, Julio 2014